El Real Madrid ganó al Alavés en casa, pero no convenció. Volvió a hacerlo desde la pegada, desde el talento individual, desde esos momentos puntuales en los que Mbappé y Vinícius aparecen para resolver lo que el juego no construye. El 2-1 ante el Alavés dejó tres puntos y poco más en un Santiago Bernabéu frío, exigente y todavía dolido por la eliminación en Champions, donde los goles sirvieron más como excusa que como redención.
Porque el partido no fue tanto una victoria como un trámite incómodo. Uno de esos encuentros en los que el Madrid juega sin gobernar, con el balón pero sin el control, con talento pero sin estructura. Y el rival, en este caso un Alavés al límite, fue capaz de discutirle el partido hasta el final. Sea como fuere, un Madrid sin brillo que no se rinde y mete presión al Barça, al que con un partido más le tiene a seis puntos.
Un partido marcado por el ambiente
Antes de que rodara el balón ya había historia. El Bernabéu no estaba lleno y, lo más significativo, tampoco estaba conectado. Hubo pitos desde el inicio, señalando a Mbappé, a Vinícius y especialmente a Camavinga. El equipo salía a jugar bajo sospecha, obligado a responder más allá del resultado.
Eso se trasladó al césped. El Madrid tuvo la pelota, pero no la iniciativa real. Movía sin profundidad, sin velocidad, sin capacidad para desordenar al rival. Güler trataba de ordenar, pero el equipo no encontraba ventajas entre líneas y Bellingham aparecía demasiado lejos de donde hace daño.
Mientras tanto, el Alavés no se limitaba a esperar. Presionaba en momentos concretos, corría cuando podía y, sobre todo, competía. Fue suyo el primer aviso serio, y no sería el último. Durante muchos minutos, el partido fue más incómodo para el Madrid de lo que el marcador final puede sugerir.
Mbappé golpea en un partido que no dominaba
El gol de Mbappé llegó cuando el encuentro estaba más abierto. Minuto 30, disparo desde la frontal y desvío que descoloca a Sivera. No fue una jugada coral ni una acción de superioridad, sino un gesto individual con fortuna. Pero suficiente.
Ese tanto, como tantas veces, cambió el marcador pero no el partido. Porque el Madrid no se hizo dueño del juego. No hubo control, ni pausa, ni autoridad. El Alavés siguió llegando, generando ocasiones claras e incluso rozando el empate antes del descanso.
Ahí quedó una de las claves de la noche: el Madrid no domina ni siquiera cuando va por delante.
Vini pone el gol… pero no la tranquilidad
Tras el descanso, el Madrid mejoró ligeramente en intención. Más por empuje que por estructura. Y en ese contexto apareció Vinícius para firmar el 2-0 con un gran disparo desde fuera del área. Un gol de calidad que, lejos de celebrarse con euforia, vino acompañado de un gesto revelador: el brasileño pidió perdón a la grada. Era la imagen del partido. El talento intentando reconciliarse con una afición desencantada.
Pero ni siquiera ese gol cerró el encuentro. El Madrid no supo bajar el ritmo ni gestionar la ventaja. Siguió siendo un equipo largo, vulnerable, incapaz de juntar líneas y de protegerse con balón. Cada pérdida abría un escenario de transición que el Alavés aprovechaba.
El final que explica todo
El 2-1 de Toni Martínez en el descuento no fue un accidente. Fue la consecuencia lógica. Un remate dentro del área, con demasiada libertad, que devolvió la tensión al Bernabéu y confirmó que el partido nunca estuvo realmente bajo control.
El Alavés, que había competido desde el principio, encontró premio a su insistencia. Y el Madrid terminó defendiendo el resultado, más cerca del empate que del tercero.
Gana, pero no cambia nada
El Madrid rompió su mala racha y sumó tres puntos necesarios, pero el partido dejó una sensación difícil de ignorar. Es un equipo que resuelve por talento, no por juego. Que depende de chispazos individuales más que de una estructura sólida. Que gana, pero no gobierna. Mbappé y Vinícius marcaron, sí. Pero ni siquiera sus goles lograron cambiar el veredicto del Bernabéu.

